sábado, 27 de agosto de 2016

El Niño que jugaba con tierra (Poems Flychs, RIL, 2014)

El Niño que jugaba con tierra
Redi Kasther

El sol en lo alto, el mundo allá abajo,
un niño entre ambos se entretiene jugando.
En su jardín no hay flores,
pero sí mucha tierra, tierra...tierra.
(Y una armónica en la basura,
mudo testigo fiel de rabietas tontas,
de esperanzas infantiles que nacieron en cada ronda,
en cada ronda solitaria... 
imaginaria... 
y  triste).


Cada día se le va un granito de su inocencia,
con los revoltosos chanchitos, las simpáticas hormigas,
los bicharracos extraños, y las piedras. . .
(El  niño no lo sabe, pero no lo necesita saber).  

Y siempre ha jugado solo,
en las polvorientas calles o cerca de la taberna,
en el colegio de su hermano o en su pequeño cuarto,
en las piezas amplias de sus abuelos,
o en el falso jardín de su casa... siempre solo.
No es melancólico, porque aún desconoce
el significado oculto de esa palabra;
pero sí algo ensimismado, retraído,
introvertido... de esos niños callados. . .
tranquilos.


Pero no es tan inofensivo, sino que es muy movido.
Y muy rencoroso con sus enemigos.
Se apasiona y entusiasma
con sus historias propias de heroínas y vaqueros,
de monstruos de papel y de galácticos caballeros
que viven en su amado jardín.
Sus autitos de cartón, entre la escasa hierba mojada,
se asemejan a pequeños coches de carrera.
Y él los hace correr a cien,
a doscientos, a mil por hora,
sobre la húmeda alfombra del pasto mojado
que crece junto a él.
Sus autitos chocan y se vuelcan,
cada día, en su reino de eternos colores,
siempre con él.


Y sufre, llora y ríe con sus soldaditos de plástico,
y los hace desfilar y él va al frente.
En ellos están sus ideales de niño,
 refugiados inconscientes,
contra una agresiva publicidad televisiva,
siempre muy elocuente.
Sus papas no tienen plata
para que le compren todas esas cosas...
Más a él no le importa...él es feliz así.
 Cada Noche Buena que llega,
le cambia su pan diario  por un sencillo juguete;
y aunque queda con hambre, él se alegra;
pues siente que lo estiman, que lo quieren.
(piensan en él...y eso él lo entiende).
El solo pide lo que papá pueda... y tener amigos;
y en sus negros ojitos brillantes surge la plegaria
gimiendo que no le quiten sus sueños de niño.


Con los años, sus autitos se van rompiendo,
y el, poco a poco, va creciendo.
Llegará un día en que ya no jugará más;
mientras tanto, él no espera ese día,
porque no lo entiende...ni lo comprende,
ni lo necesita saber.
Mientras se acerca ese día,  él tan sólo se entretiene,
 muriendo con sus héroes, resucitando quinientas veces;
para morir con ellos otras tantas veces,
como historias tenga el baúl infinito de su imaginación.
Él no lo sabe, pero sí sus juguetes.


Al caer el sol, sigue con sus autitos,
temblando de miedo con las sombras,
con sus rodillas sucias, y llenas de costras.
Al lado de él, un caserío de madera y cartón acusa,
la miseria y el abandono que en su humilde hogar reina;
pero el niño no es un miserable,
sino que es un millonario de tierra,
un experto en sueños,
un niño cualquiera.
(Y eso es lo que más le alegra,
tener su felicidad
al alcance de sus pequeñas manos)
 .

(Agosto 1992)

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