El Niño que jugaba con tierra
Redi Kasther
El sol en lo alto, el mundo allá
abajo,
un niño entre ambos se entretiene
jugando.
En su jardín no hay flores,
pero sí mucha tierra, tierra...tierra.
(Y una armónica en la basura,
mudo testigo fiel de rabietas tontas,
de esperanzas infantiles que nacieron
en cada ronda,
en cada ronda solitaria...
imaginaria...
y
triste).
Cada día se le va un granito de su
inocencia,
con los revoltosos chanchitos, las
simpáticas hormigas,
los bicharracos extraños, y las
piedras. . .
(El
niño no lo sabe, pero no lo necesita saber).
Y siempre ha jugado solo,
en las polvorientas calles o cerca de
la taberna,
en el colegio de su hermano o en su
pequeño cuarto,
en las piezas amplias de sus abuelos,
o en el falso jardín de su casa...
siempre solo.
No es melancólico, porque aún
desconoce
el significado oculto de esa palabra;
pero sí algo ensimismado, retraído,
introvertido... de esos niños
callados. . .
tranquilos.
Pero no es tan inofensivo, sino que es
muy movido.
Y muy rencoroso con sus enemigos.
Se apasiona y entusiasma
con sus historias propias de heroínas
y vaqueros,
de monstruos de papel y de galácticos
caballeros
que viven en su amado jardín.
Sus autitos de cartón, entre la escasa
hierba mojada,
se asemejan a pequeños coches de
carrera.
Y él los hace correr a cien,
a doscientos, a mil por hora,
sobre la húmeda alfombra del pasto
mojado
que crece junto a él.
Sus autitos chocan y se vuelcan,
cada día, en su reino de eternos
colores,
siempre con él.
Y sufre, llora y ríe con sus
soldaditos de plástico,
y los hace desfilar y él va al frente.
En ellos están sus ideales de niño,
refugiados inconscientes,
contra una agresiva publicidad
televisiva,
siempre muy elocuente.
Sus papas no tienen plata
para que le compren todas esas cosas...
Más a él no le importa...él es feliz así.
Cada Noche Buena que llega,
le cambia su pan diario por un sencillo juguete;
y aunque queda con hambre, él se
alegra;
pues siente que lo estiman, que lo
quieren.
(piensan en él...y eso él lo entiende).
El solo pide lo que papá pueda... y tener amigos;
y en sus negros ojitos brillantes
surge la plegaria
gimiendo que no le quiten sus sueños
de niño.
Con los años, sus autitos se van
rompiendo,
y el, poco a poco, va creciendo.
Llegará un día en que ya no jugará
más;
mientras tanto, él no espera ese día,
porque no lo entiende...ni lo
comprende,
ni lo necesita saber.
Mientras se acerca ese día, él tan sólo se entretiene,
muriendo con sus héroes, resucitando
quinientas veces;
para morir con ellos otras tantas
veces,
como historias tenga el baúl infinito
de su imaginación.
Él no lo sabe, pero sí sus juguetes.
Al caer el sol, sigue con sus autitos,
temblando de miedo con las sombras,
con sus rodillas sucias, y llenas de costras.
Al lado de él, un caserío de madera y
cartón acusa,
la miseria y el abandono que en su
humilde hogar reina;
pero el niño no es un miserable,
sino que es un millonario de tierra,
un experto en sueños,
un niño cualquiera.
(Y eso es lo que más le alegra,
tener su felicidad
al alcance de sus pequeñas manos)
.
(Agosto 1992)





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